Caminando

Tenía que ver el mar. 

Esta mañana, solo había planeado un corto paseo, pero de pronto sentí la necesidad de acercarme al mar.

Caminando hasta el final de las Avenidas, al principio, por una ruta poco habitual.

Y me di cuenta, de pronto: por allí había pasado el domingo.

El tiempo y el espacio son cada vez más imprecisos.

Caminar, solo caminar. Cualquier escusa es buena.

A pesar del dolor.

Llevo conmigo las cámaras. Fotos de edificios, de árboles hoy. Y lo que pase por en medio.

A veces lo que pasa no está en el centro del objetivo.

El objetivo de la cámara tiene la ventaja respecto al ojo que no hay proceso mental: capta lo que hay.

Como en las anteriores sesiones fotográficas, la de Soller y la del pasado domingo, si hay un tema inicial.

El modernismo y la maraton, en concreto.

Pero el foco, a veces, se desvía. 

El dolor nunca tiene para qué.

Este verso, tan lúcido,  de Jorge Riechman, me acompaña desde hace años, desde la primera vez que lo leí.

Ahora es casi obsesivo. 

Me lo repito varias veces al día. 

Y “¿para qué?” es la pregunta final que doy como respuesta, tanto a los consejos propios como los ajenos.

Los objetivos deben tener un destinatario. Y yo no lo soy. Y yo no lo tengo.

Entre mis “objetivos” está la pintura. Hoy me he puesto a pintar.

No está mal. Se me van pasando las horas.

Pero me deja pensar.

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