Manos vacías 

Soy una vez más el niño que volvía con las manos vacías, que se había quedado sin libros 

Porque se habían acabado.

Y a pesar de que llevaba el dinero tenía que volver a mi sitio, a mi pupitre…, con las manos vacías.
Sin el esperado mundo de ilusión al que me asomaba en aquellos libros de texto.

Aquel mundo, entonces tan lejano, tan inalcanzable.

Con el dinero, inútil, en el bolsillo y tristeza al borde de los ojos.

Y ahora, una vez más me he quedado con las manos vacías… para siempre.

Porque ya nada va a poder llenarlas.

No quieren darse cuenta de todo lo que he perdido…, o no saben darse cuenta.
No me pueden quitar nada más porque nada más tengo, nada que importe.

Ya nada me puede hacer más daño.

Pero, ¿cómo se puede vivir sin ilusiones?

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Pausa

Lo de esta tarde ha sido una pausa en mis propias reflexiones.

La verdad es que el tema me parace poco interesante.

Y más del mundo del espectáculo en el que se ha convertido la úpolítica, que de lo que de verdad importa.

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Un buen argumento con mal final

A veces me ocurría: ir al cine y ver una película con un buen argumento, pero con un guión mal desarrollado, los actores eran malos, inadecuados o no se creían lo que interpretaban. Y el director, aun peor. 

Resultado: a media pelicula ya no se entiende nada, todo es bastante caótico y ha perdido el poco interés que pudiera haber tenido. 

No importa, piensas; otra mala pelicula, nada más. 

Pero sí hay algo más: se ha “quemado” el argumento. 

Cualquiera que sea capaz de desarrollarlo mejor, estará ya condicionado por este mal resultado. 

No estoy hablando de Cataluña, ¿o sí?

De todas formas, ahora ya estamos en la secuela, que suele ser peor.

Y como de todo ahora se hace la “precuela” (¿quién es el inventor de esta infame palabra?), en diciembre, elecciones: ASÍ EMPEZÓ TODO. 

Porque no esperarán otra cosa, ¿verdad? 

¿O encontrarán ahora los argumentos que antes no tuvieron?

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Duda

¿Y si no mereciera la pena…?

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Esperar

Esperar, ¿qué?

¿Que se cumplan los sueños?

Ya no tengo sueños. Solo pesadillas.

Esperar un cambio, o más  de uno.

Me habría hecho ilusión. 

Por ti, por que te sintieras orgullosa.

De una y otra espera.

Pero ahora, ya me da igual.

¿Me da igual? Tal vez, no.

Y si ninguno de los dos sale, tal vez me decida a cambiar por mi cuenta.

Sin necesidad de impulso exterior.

Soltar todas las amarras e irme lejos.

Para no volver.

Llevándome lo unico querido.

Es fa llarg, es fa llarg l’espera… Pau Riba.

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Despertares

Pasan los meses en medio de una densa niebla, que parece que permite ver la realidad, pero no son más que sombras difusas. 

En todo  ves buena voluntad, gestos altruistas, buenas intenciones.

Todo lo vas asimilando sin análisis, sin procesar, lo vas almacenando. 

A ello contribuye el sistema sanitario, que trata de recuperarte, ocultando los síntomas, anulando voluntades. Lo de menos es tratar directamente el problema, si es que existe.

Pero pasan los días,  las semanas, los meses. Y uno se cansa de medicaciones inútiles y decide afrontar la realidad sin “ayudas” externas.

Y a la menor oportunidad, pienso por mi cuenta, reflexiono sin condicionantes emocionales. Falsamente emocionales, más  bien emotivos.

Y vuelven los recuerdos: los malos,  dolorosos, y los buenos; conversaciones, promesas, nombres que hay que rescatar del fondo de la memoria. 

Y valoro: cuántos de aquellos, de aquellas, quedan? Dónde están los que ofrecían tanto? Dónde estaban los que tenían que estar y no acudieron?

No los juzgo. Me duele, pero comprendo.

Comprendo que se trata de salvar el mal momento. Y que después, cada uno tiene lo suyo, que ya es bastante.

Y me duele, no por mi, sino por ella. Por aquellos que le han fallado. Algunos, otra vez más. Otros, como siempre.

Tampoco creo que esperase gran cosa de muchos de ellos. 

De otros, de los que de verdad importaba, sí.

No hay en mi ningun resentimiento.

Pero ya no me importan sus historias, sus escusas…, sus miedos.

Que no me hagan perder el tiempo. 

Los sitúo en el lugar que para mi tienen: al margen de mi vida. 

Y les dedicaré muy poco de mi tiempo, que tampoco es tan importante.

Y también me he dado cuenta de con quiénes de verdad podía contar, los que han estado a mi lado cuando se lo pedí, o sin pedirles nada. 

Los que me han tendido la mano para ayudarme a salir de las sombras.

Y aún no sé si les fallaré…

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Caminando

Tenía que ver el mar. 

Esta mañana, solo había planeado un corto paseo, pero de pronto sentí la necesidad de acercarme al mar.

Caminando hasta el final de las Avenidas, al principio, por una ruta poco habitual.

Y me di cuenta, de pronto: por allí había pasado el domingo.

El tiempo y el espacio son cada vez más imprecisos.

Caminar, solo caminar. Cualquier escusa es buena.

A pesar del dolor.

Llevo conmigo las cámaras. Fotos de edificios, de árboles hoy. Y lo que pase por en medio.

A veces lo que pasa no está en el centro del objetivo.

El objetivo de la cámara tiene la ventaja respecto al ojo que no hay proceso mental: capta lo que hay.

Como en las anteriores sesiones fotográficas, la de Soller y la del pasado domingo, si hay un tema inicial.

El modernismo y la maraton, en concreto.

Pero el foco, a veces, se desvía. 

El dolor nunca tiene para qué.

Este verso, tan lúcido,  de Jorge Riechman, me acompaña desde hace años, desde la primera vez que lo leí.

Ahora es casi obsesivo. 

Me lo repito varias veces al día. 

Y “¿para qué?” es la pregunta final que doy como respuesta, tanto a los consejos propios como los ajenos.

Los objetivos deben tener un destinatario. Y yo no lo soy. Y yo no lo tengo.

Entre mis “objetivos” está la pintura. Hoy me he puesto a pintar.

No está mal. Se me van pasando las horas.

Pero me deja pensar.

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